El de Rebeca.
El de Ivonne.
Y uno que no esperaba ver.
Mauricio Montes.
Mi primo.
—¿Por qué está Mauricio aquí? —pregunté.
Gerardo se quitó los lentes.
—Porque hace semanas detectamos movimientos raros alrededor de tus documentos.
—¿Y no me dijiste?
—Quería protegerte.
—No. Me ocultaste la verdad. Eso no es proteger.
Gerardo bajó la mirada.
Barragán abrió la primera carpeta.
—Tu casa está segura. Andrés nunca tuvo derechos reales sobre ella. Los papeles que te hizo firmar intentaban simular una deuda personal, pero no bastan para quitarte la propiedad.
Respiré apenas.
—Entonces, ¿qué querían?
Gerardo habló por fin.
—Tu abuela Amalia creó un fideicomiso para proteger a mujeres víctimas de abuso económico y despojo familiar. También dejó acciones de la constructora a tu nombre. Yo debía entregártelas cuando cumplieras 30 años o cuando te casaras bajo separación de bienes.
—Yo me casé hoy.
—Por eso estaban desesperados —dijo Barragán—. Alguien filtró la información.
Ivonne dio un paso al frente.
—Yo no sabía todo.
Rebeca la fulminó con la mirada.
—Cállate.
—No —dijo Ivonne—. Ya no.
Dejó la bolsa negra sobre la mesa. Dentro había una laptop, una memoria USB y varias hojas dobladas.
—Andrés guardaba llamadas, mensajes, fotos y documentos. Decía que era por seguridad. Pero ayer escuché a su mamá decir que, si yo estorbaba, también podían hacerme quedar como inestable.
La miré con rabia.
—¿Tú sabías que me iban a hacer daño?
Ivonne bajó los ojos.